martes, 24 de noviembre de 2009

POEMAS DE RABINDRANATH TAGORE

El jardinero
20
"Día tras día, viene y se vuelve a ir. Anda, hermana, dale esta flor de mi pelo. Y si pregunta quién se la manda, 
no se lo digas, que sólo viene y se va.
Míralo allí, sentado en la tierra, bajo el árbol. Ve, hermana, y tiéndele una alfombra de hojas y flores, que sus ojos 
están tristes y llenan de pesar mi corazón. Nunca dice lo que está pensando, sólo viene y se va".


En mi cielo al crepúsculo eres como una nube...

Paráfrasis del poema 30 de "El jardinero" 

En mi cielo al crepúsculo eres como una nube
y tu color y forma son como yo los quiero.
Eras mía, eres mía, mujer de labios dulces
y viven en tu vida mis infinitos sueños.

La lámpara de mi alma te sonrosa los pies,
el agrio vino mío es más dulce en tus labios,
oh segadora de mi canción de atardecer,
cómo te sienten mía mis sueños solitarios!

Eres mía, eres mía, voy gritando en la brisa
de la tarde, y el viento arrastra mi voz viuda.
Cazadora del fondo de mis ojos, tu robo
estanca como el agua tu mirada nocturna.

En la red de mi música estás presa, amor mío,
y mis redes de música son anchas como el cielo.
Mi alma nace a la orilla de tus ojos de luto.
En tus ojos de luto comienza el país del sueño.


Gitanjali  (Fragmentos)
I
No te atormentes por su corazón, corazón mío;
déjalo en la oscuridad. ¿Qué se yo si su belleza es sólo
de su cuerpo, y su sonrisa sólo de su cara? Déjame
aceptar sin preguntas este sencillo sentido 
de sus miradas, y ser así feliz.

II
Igual me da si es un manto de ilusión el que sus brazos tejen 
alrededor de mí, porque el manto es rico y raro; 
y al engaño se le puede sonreír, y olvidarlo.


III
No te atormentes por su corazón, corazón mío; conténtate 
si la música es verdadera, aunque no se pueda fiar en la palabra; 
disfruta de la gracia que danza, como un lirio, sobre la mentirosa 
superficie ondeante, y sea lo que fuere de lo que vive allá en el fondo.

IV
Deseaste mi amor, y, sin embargo, no me amabas.
Por eso mi vida se cuelga de ti como una cadena,
que te grita y se te aferra, más dura 
cuanto más luchas por ser libre.

V
Mi desesperación ha llegado a ser tu compañera mortal, 
y se agarra al más leve de tus favores, pretendiendo arrastrarte 
hasta la caverna de las lágrimas.
Has destrozado mi libertad, y, con su ruina, te has
fabricado tu propia prisión.

VI
No supe lo que hacía un momento y vine.
Pero alza tus ojos que yo vea si queda aún alguna sombra 
de los días pasados, una pálida nube, ya sin lluvia, en el horizonte.
Sopórtame un momento¡ aunque yo no sepa lo que hago.

VII
Las rosas están todavía en capullo, y no saben aún
cómo descuidamos coger flores este verano.
La estrella de la mañana tiene todavía el mismo 
silencio palpitante; la luz primera está enredada aún
en las enredaderas que cuelgan de mi ventana,
como en aquellos días pasados.
Olvidé un momento que todo había cambiado, y vine.


VIII
Olvidé si tú me avergonzaste alguna vez, volviéndome
tu cara cuando yo te desnudaba mi corazón.
Sólo recuerdo las palabras que tropezaron en el temblor de tus labios; 
las sombras de arrebatada pasión de tus ojos oscuros, como las alas 
de un pájaro que busca su nido en el crepúsculo.
Olvidé que tú te acordabas, y vine.


IX
Esta mañana mi despertar fue dichoso, porque vi a mi amor.
El cielo era una sola alegría, y mi vida y mi juventud se consumaron.
Hoy mi casa es de verdad mi casa, y mi cuerpo mi cuerpo.
La suerte me ha sido amiga, y mis dudas se disipan.
¡Pájaros, cantad vuestra canción mejor! 
¡Luna, derrama tu luz más bella! 
¡Dispara, a millones, tus flechas, dios del amor!


36
Mi oración, Dios mío, es ésta:
Hiere, hiere la raíz de la miseria en mi corazón.
Dame fuerza para llevar ligero mis alegrías y mis pesares.
Dame fuerza para que mi amor dé frutos útiles.
Dame fuerza para no renegar nunca del pobre, ni doblar mi rodilla al poder del insolente.
Dame fuerza para levantar mi pensamiento sobre la pequeñez cotidiana.
Dame, en fin, fuerza para rendir mi fuerza, enamorado, a tu voluntad.


No puedo ofrecerte una sola flor...

No puedo ofrecerte una sola flor 
de todo el tesoro de la primavera, 
ni una sola luz de estas nubes de oro. 
Pero abre tus puertas y mira; y coge, 
entre la flor de tu jardín, 
el recuerdo oloroso de las flores 
que hace cien años murieron.

¡Y ojalá puedas sentir en la alegría de tu corazón 
la alegría viva que esta mañana de abril te mando, 
a través de cien años, cantando dichosa!


Pájaros perdidos
1
Pájaros perdidos de verano vienen a mi ventana, cantan,
y se van volando.
Y hojas amarillas de otoño, que no saben cantar, 
aletean y caen en ella, en un suspiro.

2
Vagabundillos del universo, tropel de seres pequeñitos,
¡dejad la huella de vuestros pies en mis palabras!

3
Para quien lo sabe amar, el mundo se quita su careta de
infinito. Se hace tan pequeño como una canción, como un
beso de lo eterno.

4
Las lágrimas de la tierra le tienen siempre en flor 
su sonrisa.

5
El desierto terrible arde todo por el amor de una yerbecita; 
y ella le dice que no con la cabeza, y se ríe, y se va
volando...

6
Si lloras por haber perdido el sol, las lágrimas no te dejarán
ver las estrellas.

7
En tu camino, agua bailarina, la arena te pordiosea 
tu canción y tu fuga. 
¿No quieres tú cargarte con la coja?

8
Tu cara anhelante persigue mis sueños como la lluvia por
la noche.

9
Una vez, soñamos los dos que no nos conocíamos. Y nos
conocíamos. Y nos despertamos a ver si era verdad que nos
amábamos.

10
Como el anochecer entre los árboles silenciosos, mi pena,
callándose, callándose, se va haciendo paz en mi corazón.

11
No sé qué dedos invisibles sacan de mi corazón, como una
brisa ociosa, la música de las ondas.

12
-Mar, ¿qué estás hablando?
-Una pregunta eterna.
-Tú, cielo, ¿qué respondes?
-El eterno silencio.

13
¡Oye, corazón mío, los suspiros del mundo, que está 
queriendo amarte!

14
El misterio de la vida es tan grande como la sombra en
la noche. La ilusión de la sabiduría es como la niebla del
amanecer.

15
No te dejes tu amor sobre el precipicio.

16
Me he sentado, esta mañana, en mi balcón, para ver el
mundo. Y él, caminante, se detiene un punto, me saluda y
se va.

17
Menudos pensamientos míos, ¡con qué rumor de hojas 
suspiráis vuestra alegría en mi imaginación!

18
Tú no ves lo que eres, sino su sombra.

19
¡Qué necios estos deseos míos, Señor, que están turbando
con sus gritos sus canciones! ¡Haz Tú que solo sepa yo
escuchar!

20
No soy yo quien escoge lo mejor, que ello me escoge a mí.

21
Si me está negado el amor, ¿por qué, entonces, amanece; 
¿por qué susurra el viento del sur entre las hojas recién nacidas? 
Si me está negado el amor, ¿por qué, entonces, 
la medianoche entristece con nostálgico silencio a las estrellas?

22
Sé que esta vida, aunque no madure el amor, no está perdida del todo.

23
¡No sea yo tan cobarde, Señor, que quiera tu misericordia en mi triunfo, 
sino tu mano apretada en mi fracaso!

La carta
1. Al despertar encontraba su mensaje en la mano de la mañana.
    Como no aprendí a leer no sé lo que me diría.
    Siga el sabio entre sus libros. Nada le preguntaré.
    Y, ¿acaso el sabio podría comprenderlo?

2. Llevaré la carta a mi frente y luego la apretaré contra mi corazón.
    Cuando llegue la noche y asomen las estrellas una a una, la abriré 
sobre mis rodillas, la miraré, cerraré los ojos y me quedaré silencioso.
   Las hojas, entre luna y secreteo, me la leerán con su fina voz; el río pasará 
tarareando la letra de mi carta; y las siete estrellas del conocimiento me la 
cantará por los cielos.
   Sin embargo, no encuentro exactamente lo que busco; no comprendo bien 
lo que quisiera aprender; pero este mensaje que no he sabido descifrar me hace 
dulce y alegre la jornada y mi pensamiento se ha trocado en melodía.

Oración
   Sí, Dios mío, yo lo entiendo muy bien: la luz de pie celeste cuya danza se confunde con la danza de las hojas; las indolentes nubes que navegan hacia el ocaso; la brisa pasajera, errando por mi frente como una mano de frescura: todo es es sólo tu amor, y nada más que tu amor sobre mi vida.
   Mis ojos se han lavado en la claridad matinal y tu mensaje ha descendido hasta mi corazón. En lo alto, tu rostro diáfano se inclina; tus ojos me han mirado a los ojos y contra  tus pies bate mi corazón como una ola.


Sir RABINDRANATH TAGORE
India 1861-1941
Premio Nobel de Literatura 1913

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